El Reino de las Tinieblas en las Cuevas de Grecia

1 The Greek gods Plutopor María Eugenia Paredes Pérez
originalmente publicado en Periódico ¡Por Esto!, sección cultura, 2001, Octubre 21

En la antigüedad, las cuevas simbolizaron para muchas culturas, sitios de culto o lugares donde habitaban seres fantásticos dotados con poderes para influir en la naturaleza e inclusive en el destino humano. En Grecia, cuna de la cultura occidental, las cavernas no escaparon al significado mágico bajo el cual fueron concebidas por aquellos seres humanos que aún estaban descubriendo su mundo, utilizando los recursos de la naturaleza para entender su propia existencia.

Para los helenos estos sitios representaron lugares sagrados, en donde se situaban templos y oráculos, las grutas surgían en su imaginación como residencia de poderosos dioses, bellas ninfas y seres monstruosos, incluso situaron en las entrañas terrestres al inframundo, donde reinaba Hades, el señor de los infiernos.

Los griegos conocían y habían penetrado a los grandes sistemas de cuevas existentes en las regiones donde habitaban, y tenemos como muestra la idea tan claramente estructurada en torno a la ciudad de los muertos, imaginada como un gran antro en donde discurrían varios ríos. Es muy interesante conocer los lugares e incluso peligros, que las ánimas se veían forzadas a sortear para penetrar a la que sería su eterna morada.

Las almas iniciaban su peregrinaje a este reino ultramundano por el Tártaro, cruzando el umbral entre la vida y la muerte al penetrar por unas grandes puertas de hierro forjadas por el “Herrero de los Dioses”, es decir Hefesto. El difunto tenía que atravesar el rio Estigia, advocación del agua como límite entre vivos y muertos; el legendario barquero Caronte aguardaba a las tristes almas en la ribera de la corriente, y a este anciano barbudo, de semblante melancólico, se le pagaba con un óbolo (moneda que los deudos colocaban en la boca del pariente fallecido) a cambio de sus servicios; quien no tuviera con qué pagar, permanecería para toda la eternidad a la orilla de este río, flotando en el limbo, entre el mundo terrenal y el país de las tinieblas.

Habían pocas oportunidades para escapar a los dominios de Hades, porque dos poderosos guardianes estaban en constante vigilia: Hermes, el “Mensajero Divino”, quien conducía a las almas hacia su eterna mansión subterránea; y el Can Cerbero, espantoso perro tricéfalo que se hallaba a las puertas del Tártaro, siempre dispuesto a devorar a quienes sin estar muertos desearan penetrar a este reino subterráneo, y a los que intentaran escapar para volver al mundo de los vivos.

Los difuntos, al penetrar al inframundo gobernado por Hades, eran destinados a una región particular según fueran sus méritos en vida y su condición social, por ello habían varias regiones en el Averno: La primera era el Campo de Asfódelos, llanura silenciosa, cubierta por flores donde vagaban los muertos sin finalidad, callados y mustios, condenados a una existencia apagada y triste, los de baja jerarquía se convertían en murciélagos. La única posibilidad existente para reanimarse y sentirse casi vivos, eran las libaciones de sangre humana que los vivos hicieran en su honor.

En esta región se situaba el palacio de Hades, donde residía en compañía de su esposa Perséfone, a quien en algunos lugares cerca de Creta, se le simbolizaba con un vestido cubierto de serpientes, alusión a su dignidad de soberana infernal. Muy cerca de este palacio se hallaba la fuente Lete constantemente alimentada por el Leteo, el río del olvido, llamado así por su discurrir silencioso, a esta fuente acudían las ánimas a beber sus aguas, las que producían cierto sopor haciéndoles olvidar sus penas. Las de alto rango preferían beber en la fuente de Mnemosine, “la memoria” que les traía dulces recuerdos de la vida pasada.

El campo Asfódelos era una especie de purgatorio donde residían los tribunales de juicio de los muertos. Si los sometidos a Juicio eran gente sin virtud, ni vicio, permanecerían para siempre en esta región; los “pecadores” iban al Tártaro para diversos castigos, donde nunca dejarían de ser devorados por el remordimiento, sometidos al frío de los lagos glaciales, así como a los vapores de las llamas.

En el Erebo vivían las Erinias, éstas ascendían a la superficie terrestre para castigar a los culpables y dar cumplimiento a las maldiciones, personificaban la idea de reposición del orden destruido por el crimen. Eran ancianas horribles, en lugar de cabello, tenían víboras, con cara de perro, cuerpo negruzco, alas de murciélago y los ojos perpetuamente inyectados de sangre; llevaban como insignias, látigos de cuero y anillos de bronce para atormentar a los culpables.

Las Moiras o Parcas también habitaban en el Erebo: Cloto, la hilandera; Láquesis, la distribuidora y Átropos, la inflexible; cada una tenía a su cargo el presente, el pasado y el futuro respectivamente y su función era hilar la vida y el destino de los hombres, del que nadie podía escapar o burlarse.

Para el mundo heleno, el fin de la vida nunca significó una manera de ascender a la gloria como en otras culturas, pues ésa sólo estaba reservada para dioses y héroes, sin embargo la muerte era el camino de retorno hacia los orígenes primigenios del ser, al penetrar nuevamente a las entrañas de Gea, “la madre tierra”, principio y fin de la existencia.

Fuentes bibliográficas
Garibay K., Á. M. (1968). Mitología Griega: dioses y héroes (2a ed.). México: Porrúa.
Grimal, P. (1979). Diccionario de mitología griega y romana (6a ed.). París, Francia: Paidós.
Guzmán Guerra, A. (1995). Dioses y héroes de la mitología griega: Alianza Editorial.
Julien, N. (1997). Enciclopedia de los mitos (J. A. Bravo, Trans. 1a ed.). Marabout, Belgique: Ediciones Robinbook.

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