Expedición Chocantes 2006 Abril

Expedición Chocantes 2006 Abril

Chocantes, Majestuosa Caverna de Tekax

Texto por Carlos Augusto Evia Cervantes
Fotografía por María José Gómez Cobá y Fátima Tec Pool

Publicado en Suplemento Cultural y Científico Unicornio del Diario Por Esto! Año 16 Nº 780, el 16 de abril de 2006. pp. 5-10

Antecedentes

Había escuchado mucho de esta gran caverna, pero no había tenido la oportunidad de conocerla. Los espeleólogos que la han visitado no han difundido ampliamente sus observaciones. Hace algunos años, cuando le pedí al guía de las cuevas local, Mario Novelo Dorantes, que me llevara a conocerla, me contestó que tendría que asegurarme de que mis compañeros del Grupo Espeleológico Ajau, debían de estar bien entrenados para hacer una incursión en esta cavidad.

Así pasaron algunos años y Chocantes era para mí una meta sin realizar, pero a la vez temida por particular morfología. Se ha mencionado mucho la dificultad que representa el paso obligado a través de un largo conducto, de aproximadamente 160 metros, el cual sólo se puede recorrer a gatas y en ciertos tramos hay que arrastrase con el pecho en la tierra.

Los conocedores de esta actividad dicen, refiriéndose  a esta gruta, que “no es para cualquiera”. En los primeros meses de 2005, las espeleólogas Fátima Tec Pool y María José Gómez Cobá organizaron un grupo de personas y después de haber convencido a Mario para que nos llevara a Chocantes, me invitaron. Dos semanas antes estuve en Tekax para determinar la logística con Mario y luego fijamos la fecha de la incursión.

También fue invitado Bernard Thomachot, experimentado espeleólogo francés y un excelente compañero con él que ya habíamos explorado otras grutas del estado de Yucatán. El grupo se completó con dos amigos de Fátima, Juan Carlos y Arturo, contador y odontólogo militar respectivamente; Mario, por su parte incluyó a Pablo, su ayudante; al médico Iván y a la esposa de éste último, Erika.

Para aprovechar mejor el tiempo en la cueva llegamos a Tekax en la noche del día anterior a la incursión y nos hospedamos en la casa de Mario. Después fuimos al mercado a comer los tradicionales salbutes y panuchos. Durante la cena aprovechamos conocernos mejor los que nos veíamos por primera vez. Bernard no estaba en esos momentos con nosotros, llegó en la madruga del día siguiente.

Cuando retornamos de nuevo en la casa los Novelo entablamos una conversación con los padres de nuestro anfitrión. La evocación de recuerdos compartidos y lo agradable de la noche tibia me hizo sentir el ambiente familiar que tuve en los lejanos días cuando aun vivía con mis padres.

Este prefacio estabilizó mis nervios y mi entusiasmo ya que estaba cerca la meta tan deseada. Esta no fue, sin embargo, la primera vez que venía a Tekax con el fin de visitar alguna una cueva. En enero de 1981 un grupo de estudiantes de la Facultad de Ciencias Antropológicas y yo nos metimos sin guía a la gruta de Sabak Já, otra impresionante cueva de este municipio. La segunda vez que entré a esta cueva fue en noviembre de 1989. Para llegar a la cueva contactamos a un hombre de la comunidad de Cepeda.

El señor nos condujo del pueblo a la gruta y después al interior de la misma. Ya estando adentro, vi que dudaba en la ruta que debíamos seguir. Le pregunté cuando tiempo había pasado desde la última vez que entró a Sabak Já. Fue entonces que nos confesó que hacía 10 años que no había entrado. Esto significaba que mi ausencia en la cueva era menor que la de él. Pero no desistimos seguimos adelante y me gustó tanto que la he visitado repetidas veces en estas décadas de prácticas espeleológicas, pero siempre con el guía.

En junio del 90 conocí el corpus de arte rupestre de la bellísima Cueva de Tixkultun, el amplísimo salón inicial de Oxpejol y la misteriosa Guarumo. Después tuve la fortuna de entrar a las adornadas bóvedas de Xmajansí que, combinadas con sus estrechos conductos, se volvieron una prueba para todos los que fuimos en esa oportunidad. Posteriormente realizamos el tradicional descenso vertical de 20 metros en Xmait, cueva espectacular con vestigios arqueológicos.

La belleza de estas cuevas produce, en ciertas personas, una poderosa adicción que no tiene cura, solo se alivia regresando a ellas. Así que volví a visitarlas otras veces. Pero la gruta Chocantes estaba sólo en mi mente, no en mi bitácora.

La Entrada

Amaneció. Era sábado 30 de abril de 2005. Nos levantamos todos a las 6 AM para alistarnos pues la camioneta del municipio vendría por nosotros en una hora. Después del breve desayuno hubo que esperar un buen rato pues el vehículo que nos proporcionó el Ayuntamiento llegó a las 9 de la mañana. Apenas llegó la camioneta pick up, la abordamos con todo el equipo. El vehículo prestado era una de las patrullas del municipio.

Nos encaminamos hacia nuestro destino tomando la carretera que va a Kankab y Chacmultún, pero sin llegar hasta ellos. A unos cuantos kilómetros ya fuera de Tekax nos desviamos entrando a una brecha por la que subimos la serranía por más o menos dos kilómetros.

A las 9:20 AM bajamos de la camioneta, la dejamos estacionada en el cerro, seguimos a pie y cuesta arriba hasta la entrada de la cueva. Justo cuando llegamos a ese punto, encontramos al propietario del rancho donde se ubica Chocantes, el señor Pedro Cervera.

Mario ya había solicitado la autorización para entrar. Así que el señor Cervera nos estaba esperando. Sin embargo el señor Cervera nos manifestó las molestias que le han causado otras personas que entraron sin pedir permiso. Muchos de estos intrusos creen que su interés por explorar les autoriza entrar a la gruta sin avisar siquiera. También dijo don Pedro que esa gente había molestado a su ganado. Por esta razón, estaba instalando una reja para evitar el libre acceso y contener el daño que le ocasionan a la cueva.

La entrada es realmente pequeña y se encuentra en el vértice de una rehollada, especie de depresión cónica en el terreno. Siguiendo la norma de los grupos espeleológicos, el que conoce mejor la cueva es quien dirige la expedición. Novelo Dorantes nos dividió en grupos formados por tres personas cada uno para avanzar hacia el interior. A mi me tocó estar junto al guía, posición privilegiada para el aprendizaje del camino. Iniciamos la incursión cuando eran las 9:30 AM.

Hacia abajo

La primera parte de la cueva Chocantes es una sección de aproximadamente 30 metros, está caracterizada por un desnivel pronunciado y por una abundancia de piedras depositadas sobre una capa de tierra suelta. Se siente como si uno caminara dentro de un conducto con piso de arena y con escalones intermitentes de un metro de altura. Aun cuando avanzábamos con cuidado cierta cantidad de tierra y piedras se deslizaba hacia abajo. La consistencia de estos materiales se debe a su continuo deslave de afuera hacia adentro, ya sea por la lluvia o por efecto de las mismas personas que siguen entrando y saliendo.

La estrategia de dividirnos en grupos de tres personas y recorrer poco a poco cada tramo previene los accidentes que podrían causar la eventual caída de las piedras. El segundo tramo es también descendente pero es un poco más estrecho, con una longitud aproximada de 50 metros. En esta sección hay menos piedras cayendo y da la sensación de atravesar un túnel que finaliza en una gran bóveda.

Antes de maravillarnos con la grandeza de lo que vendría y mientras esperábamos que los demás llegaran hasta donde nosotros, hubo una pausa en el camino en la que Mario aprovechó contarnos la historia de la gruta y del nombre de la misma. Dijo que la cueva fue descubierta porque una cabra se metió en ella y su dueño la siguió hasta allí. Después del descubrimiento siguieron los infaltables curiosos que saquearon algunos objetos prehispánicos y posteriormente unos empleados del gobierno de aquel tiempo (¿?) se llevaron lo demás.

Los miembros de la familia, dueños del predio donde está la cueva, tenían un carácter muy difícil y siempre tenían problemas con los vecinos. De allí que la gruta, por encontrarse  en el terreno de “los chocantes” se haya quedado con el apelativo. Pero ahora ya no viven allí, pues un día decidieron vender su propiedad e irse a vivir a otro lugar.

Mario Novelo considera que esta gran caverna merece un mejor nombre. La ha rebautizado con el término que la representa mejor y honra la belleza de sus atractivos: “Sastun Tunich”, que en español podría traducirse como “Piedras mágicas”, en referencia a las piedras translúcidas que algunos oficiantes, miembros de la cultura maya utilizaban como oráculo y les permitía ejercer sus funciones religiosas.

Cuando ya estuvimos todos juntos, continuamos hacia una sala cuya magnitud fue estimada por unos espeleólogos en 100 metros de largo (Ruggieri; 1992: 77). En el suelo estaban depositados grandes bloques de piedras colapsadas. Nuestras luces apenas lograban iluminar las paredes y el techo dada la magnitud de esta gran sala. Caminamos entre las enormes piedras sintiendo la relativa pequeñez humana comparando nuestro ser ante las majestuosas obras de la Naturaleza. A la vez, me gozaba el hecho de atravesar un espacio reservado a los pocos privilegiados que tiene la oportunidad conocer las entrañas de la Serranía Puuc.

La parte estrecha del inframundo

Toda vez que cruzamos la gran sala llegamos a una pequeña bóveda en donde Mario nos dio el aviso tan esperado: había llegado el momento en que era necesario ponerse las rodilleras y amarrar las mochilas con una cuerda en el cinturón de forma tal que pudiéramos arrastrarlas mientras avanzábamos, pues el estrecho conducto que íbamos a atravesar impedía llevarlas en la espalda. Ya estábamos ante la temida “gatera” de 160 metros de largo (Jorge Pérez, com. Pers). Eran las 10:27 horas del día.

Con el mismo orden que habíamos llevado hasta entonces fuimos entrando a un conducto que tendría más o menos un metro de altura con la misma medida amplitud. Estas son las dimensiones ideales para llamar a un conducto “gatera” pues es indispensable desplazarse con las cuatro extremidades, asentando las rótulas y las palmas de las manos simultáneamente.

Como señalé anteriormente cada quien jalaba su mochila atada a su cinturón con una cuerda suficientemente larga como para que estuviera detrás de uno mientras avanzábamos. Ya nadie hablaba, sólo se escuchaba el ruido de las mochilas que se arrastraban y cada quien oía su propia respiración que pronto se fue convirtiendo en jadeo.

Después de cierta distancia noté que, en lugar de la dura roca sobre la que nos desplazamos al principio, ahora había en el suelo una arena amarillenta, muy fina pero abrasiva. A nuestro paso se levantaba un polvo de esa arena y se metía por los pantalones o por las mangas del overol, incluso teniendo puestos los guantes. Por supuesto que también la respiramos.

El primer tercio de este conducto fue relativamente fácil pues las medidas señaladas permitían pasar nuestros cuerpos fácilmente. Además teníamos la energía completa pues aun estábamos en la fase inicial de la aventura. Pero de pronto empezaron las secciones más estrechas en las que había que acercar más el pecho a la tierra. Sin embargo la amplitud del conducto era igual. Con todo esto, el sudor de nuestros cuerpos se hizo más abundante.

Este es uno de los extraños placeres de los espeleólogos: ponerse a prueba en condiciones que cualquier otro ser humano, con una salud mental relativamente buena, no haría. Nosotros, en cambio, seguimos avanzando hacia la profundidad de la Tierra. Es probable que nuestra salud mental no sea tan buena, ni siquiera relativamente, diría el célebre Dr. Gaspar Baquedano.

Por fortuna a lo largo del conducto hay algunas partes donde el techo es más alto. Fue un alivio pues allí nos detuvimos para estirar las piernas apenas un minuto. Los que íbamos adelante verificamos si no había problemas con los de atrás. Siempre existe el temor de los guías de que alguien se atrase demasiado e interrumpa la fila de los que reptan en la oscuridad.

El breve momento de descanso fue algo menos que un paliativo. De inmediato continuamos el avance bajo peores condiciones ya que en el segundo tercio de este conducto, las secciones estrechas fueron más frecuentes. Además la falta de espacio no sólo era de altura sino también de amplitud. En estas partes ya no estábamos gateando sino que usábamos los antebrazos y la punta de los pies para impulsarnos hacia adelante. El calor del cuerpo aumentó. Me pareció que  el oxígeno, se hacía más escaso. Para compensar esta deficiencia, mi corazón empezó a latir más aprisa y junto con el calor, mi cuerpo exudó más líquido. Se humedeció todavía más mi ropa. Así fue como tuvimos que avanzar tramos de 5 a 8 metros, con la cara casi en el suelo.

Al fin llegamos a un pequeño recinto en cuyas paredes estaban cubiertas de estalactitas y estalagmitas. Éstas parecían duendes petrificados en diferentes posiciones o como dijo Gabriela Mistral cuando estuvo en la gruta de Cacahuamilpa:

La gruta es una catedral maravillosa; pero una catedral que no sólo tuviese altares sobre los muros, sino que los hubiera derramado en las naves, y, además, que contuviese pueblos. Hay millares de actitudes humanas en las estalactitas que suben: son muchedumbres prosternadas, cuyos dorsos cubren el suelo; a veces, turbas de furor, con los brazos dislocados de ansia” (1988: 86).

Nuestro guía decretó un descanso, pero advirtió que sería breve pues todavía faltaba pasar algunos obstáculos más adelante. Aprovechamos el lapso para reponer los líquidos y recuperar el ritmo de la respiración, mientras pasábamos la vista sobre las múltiples formaciones que nos rodeaban.

Un cuarto de hora después continuamos el camino. Me hice una pregunta ¿ya habrá pasado lo peor? La respuesta vino casi inmediatamente. Entramos a un conducto muy estrecho, de esos a los que se les llama “gusanera” porque hay que imitar a los gusanos para transitarlos, es decir, apenas cabían nuestros cuerpos. La novedad fue que primero había que pasar la mochila al compañero de adelante y luego uno tenía que avanzar despacio y curvando la espalda hacia arriba.

Mantengan la calma – dijo Mario – y nadie quedará atorado”. Después de atravesar el obstáculo voceábamos al compañero siguiente, sin verlo, para que avanzara. Así lo hicimos uno por uno. Ahora entiendo porque los espeleólogos cubanos repiten mucho un refrán que es casi una norma no escrita entre ellos: “para hacer espeleología no es necesario estar loco, pero ayuda mucho”.

Con toda sinceridad debo decir que este último tramo de intensa actividad hizo que sintiera un primer aviso de cansancio. No estaba agotado, pero cuando uno no conoce la gruta es mayor la tensión emocional y por lo tanto más difícil administrar la energía (y el agua) con la que cuenta. Esta es la razón por la que uno debe confiar plenamente en la persona que conduce al grupo. El guía es quien valora las condiciones físicas y mentales de todos, decide por lo tanto las siguientes acciones.

Entramos a una parte en la que podíamos estar de pie. Pero la grieta que nos permitiría continuar no tenía la misma altura, era sólo de 1.30 metros cuando mucho. El guía dijo que escuchara de qué manera habríamos de pasar. Para atravesar un espacio entre dos paredes que dejaban entre sí unos 30 centímetros, había que ponerse de lado y apoyarse sobre un pie y sobre la mano del mismo lado. Después de pasar la cabeza y las dos manos, lo demás era muy fácil. Terminando de explicar, nos mostró como se hace. De inmediato, imité la acción lo mejor que pude. Los demás también lo hicieron, pero algunos modificaron la estrategia de acuerdo con sus condiciones corporales. Los más delgados necesitaron menos esfuerzo. Con esto terminamos de atravesar la famosa gatera de Chocantes. Eran las 12 del día.

El asombro sin límites

Llegamos a una sección mucho más cómoda. Nuestros overoles estaban empapados de sudor. Esto no sólo es incómodo, sino que aumenta el peso muerto que había que cargar, además de la mochila. Pero no hubo tiempo para lamentaciones. De inmediato seguimos la marcha y de pronto quedamos absortos ante belleza del recinto que ahora nos acogía. El techo y las paredes de este salón estaban cubiertos por  formaciones blancas y traslúcidas, pequeñas y grandes, cercanas y lejanas; eran tantas que no decidíamos a cual tomarle fotos. Parecía que algunos chorros de nieve había penetrado el espacio interior de la cueva.

Después de captar algunas imágenes con las cámaras seguimos la orden de avanzar, pues todavía estábamos al principio de la tercera fase de la odisea. Un poco más adelante, nos detuvimos en un lugar que constituye un verdadero oasis. Es un sitio profusamente adornado de estalagmitas y con goteras activas. En medio de las estalagmitas hay una fuente de agua cristalina y fresca. En realidad es un depósito formado por una represa ubicada en el suelo. Casi todos seguimos el ejemplo de Mario: nos inclinamos a tomar el agua para recuperar la que habíamos exudamos en la gatera.

Después de tomar el agua, continuamos hacia una meta que sólo Mario Novelo conocía. A cada paso veíamos formaciones extrañas y variadas. Cada quien decía “mira ésta”, mostrando a los demás. Pero los otros también querían que viéramos lo que sus pupilas miraban. No encontré palabras justas o adecuadas que describan estas maravillas. Prefiero citar a un autor que, mirando otras cuevas, atrapó en un verso sencillo la esencia de estos paisajes:

Aquí es tiempo de cultivar tanta belleza,
de admirar los confines de la creación natural
los siglos del pasado cantaron la nobleza
y los siglos del presente el canto sin final
(Delgado; 1995: 16)

No sólo el techo y las paredes obsequiaron sus detalles a nuestra experiencia. En cierta parte del camino, nuestro guía se detuvo para mostrarnos una sección de la superficie pavimentaria, quizá 3 metros cuadrados, cubierta de pequeñas columnillas como de unos 5 centímetros de altura por 3 de diámetro. Unas tenían formas piramidales y otras parecían dedos humanos insertos en el suelo. La textura exterior se veía rugosa. Mario tomó una de las que ya estaban desprendidas y nos mostró su interior: eran transparentes como el cristal, casi podíamos ver por dentro de ellas. Hubo un desacuerdo sobre la naturaleza y el nombre de estas formaciones, pero lo que no discutimos fue que eran piezas excepcionalmente bellas.

Nuestros pasos nos llevaron a otra bóveda tan grande como la que atravesamos antes de la gatera. Debo de confesar que la magnitud de estas grandes salas superó en mucho mis propias expectativas en torno a esta cavidad. Caminamos por un sendero de casi 60 metros bajo el mismo techo adornado de grandes espeleotemas. Espacios como éstos sólo los había visto en las grandes y famosas cuevas de Cacahuamilpa (Guerrero), García y Bustamante (Nuevo León), Majagua Cantera (Cuba) y Alambari do Baixo (Brasil). Simplemente asombrosas.

Me sentí tan pequeño en esa inmensidad que no buscaba términos para decir a los demás mi impresión. Creo que algo similar le sucedió a Justo Sierra O`Reilly cuando entró a la famosa cueva Xtamcumbilxunaan, en Campeche. Él sí encontró la expresión apropiada, según Souza:

“Vano sería mi empeño en describir exactamente todos los objetos que se nos ofrecían; baste decir que cada paso era una decoración nueva; cada decoración una belleza; y el todo una obra sin límites. Las personas que vagamos dentro de aquel colosal y complicado laberinto, parecíamos otros tantos pequeños fantasmas lúcidos; nuestros gritos de admiración se oían como el vagido de un niño” (1970: 191).

Un encuentro con la fantasía

Al continuar la marcha entramos a una zona especial donde nuestras luces descubrieron áreas totalmente blancas y brillantes. Parecían mantos níveos que si bien es cierto que ya las hemos visto en otras cuevas, no son muy frecuentes en estas magnitudes. La blancura mineral se tendía en el suelo y cubría las paredes; formaba cascadas inmóviles y resplandecientes. En estos encuentros con la Madre Natura lo común es sentir admiración, lo diferente es la expresión de este sentimiento. Mistral lo enuncia de este modo:

La blancura da una castidad austera al panorama subterráneo. Blanco y gris: parece que camináramos absorbidos por un paisaje de otro planeta. Hablamos para oírnos, para no enloquecer de maravilla” (1988: 88).

La observación de la belleza inmaculada de esta sección de pronto se vio interrumpida por otra instrucción del capitán del grupo. Para continuar avanzando era obligatorio quitarse las botas y la ropa llena de lodo. De otra manera podríamos echar a perder el paisaje para las siguientes generaciones. Nos quedamos sólo con la ropa que llevamos bajo el overol y descalzos, pero con calcetas. Todos queríamos seguir conociendo esta parte tan hermosa de la cueva. Así que nos acercamos a admirar las delicadas formaciones pétreas que Chocantes tiene para sus visitantes.

Anécdota

Durante esta etapa se puede decir que empezó el descanso. Mario avisó que este sería el punto de retorno. Que cada quien encontrara un lugar para  reponerse un poco de la jornada. Aprovechamos también para tomar muchas fotos. Poco a poco fuimos acomodándonos en donde nos pareciera y cada quien escogió su lugar. Acostados en el suelo pasábamos la luz de nuestras lámparas más potentes para ver hasta donde chocaba el haz con las paredes. Una profunda sensación de respeto se apoderó de nosotros mientras observábamos el extraordinario paisaje del mundo subterráneo.  A lo lejos se veían gigantescas las masas pétreas que nos rodeaban junto con otras de distintos tamaños y formas. Es difícil creer que todo esto se halle bajo la tierra, pero hay más de estos paisajes en nuestra región. Aguilar Rosas cita los versos de un poeta anónimo que se refiere a la cueva de Xtacumbilxunaan y que bien se puede aplicar a Chocantes. El halago es el siguiente:

Bajo aquel espacioso bovedaje
encontraréis pirámides gigantes,
y con formas soberbias y elegantes
estatuas por doquier, todo salvaje

Entrad y ved espléndidos salones,
pórticos y columnas colosales,
que no han debido nada a los cristales;
ni a las artes sus bellas proporciones.

Y los cristales y artes envidiarán
tan completo primor, tanta belleza;
y al contemplar su lujo y su belleza
atónitos los sabios quedarán” (Zapata et al; 1991: 50).

La anécdota prometida es la siguiente: cuando se declaró el receso, me percaté que Bernard asumió la posición yoga de Flor de Loto para reponerse. Recordemos que él había dormido menos que todos pues llegó en la madrugada del mismo día de la expedición. Los demás llevaban varios minutos descansando sobre la dura roca.

Yo me acosté con los brazos dispuestos a lo largo del cuerpo e intenté practicar un tipo de respiración altamente relajante. La verdad es que confiaba  en dormir un poco. Pero en eso estaba cuando escuché la enérgica voz de María José, casi regañándome: ¿Te vas a dormir? ¿Por qué te vas dormir? Le contesté que sólo quería relajarme y que ella debía hacer lo mismo. Sin más palabras se acostó y en menos de 2 minutos se durmió como por arte de magia. Cuando nos dimos cuenta, estallamos de risa y eso mismo la despertó. Se incorporó y preguntó de qué nos estábamos riendo. Casi no podíamos contestar por la risa. Ella siempre añade la alegría a nuestras aventuras.

Empezando por el final

En estas travesías cada uno de nosotros lleva su dotación de agua y con la información previa sobre la cavidad se hace un plan que permita administrar el consumo del líquido de tal manera que durante la penetración se use aproximadamente la mitad y en el camino de salida quede un tanto similar.

Cabe señalar que además de la enorme pérdida de agua en tan poco tiempo produce un estado emocional caracterizado por la ansiedad. Esta situación hace que los exploradores tiendan a consumir más o menos líquidos o energéticos, de acuerdo con sus propias reservas. Por lo tanto, al conocer el punto de retorno, se estima mejor cómo debe ser el consumo de agua en relación a la distancia que falta por recorrer.

A sabiendas del grado de dificultad de Chocantes y por consejo Jorge Pérez, veterano en la espeleología, llevé además de agua, una bebida energética y suero oral. Mi dotación de agua se hallaba mermada un poco más de la mitad pues la deshidratación en este caso había sido excepcional; pero el encanto de estar en esta cueva hizo que con entusiasmo superara las dificultades.

A las 2:20 PM Mario dio la instrucción de iniciar el retorno. Nos enfundamos nuestros húmedos overoles, alistamos las lámparas y cada quien retomó su lugar en la fila. Me sentí con las energías renovadas y con un extraordinario entusiasmo. Contentos, pero casi en silencio, partimos hacia la salida. Atravesamos las grandes bóvedas mientras echábamos miradas furtivas a las masas pétreas que parecían vigilarnos.

De cuando en cuando, alguno de nosotros hallaba una forma en las piedras y se lo decía a otro. Quien sabe si el segundo también veía lo mismo o le parecía otra cosa. Algo semejante relata Rosario Castellanos cuando describe el momento en que dos niños entran a la cueva donde Catalina Díaz Puiljá oficiaba sus rituales:

Cuando los ojos de los intrusos se habitúan a la oscuridad pueden distinguir otras figuras. Helechos grotescos, momificados. Y piedras, si, piedras. Hay algo en ellas que resulta extraño: su forma no es como la de otras, casual. Y de pronto los dos niños echan a correr despavoridos. Afuera, y a distancia grande del lugar de peligro, se comunican sus impresiones. – ¿Qué viste tú? – La cara de un brujo, de un demonio. ¿Y tú? No lo podría decir” (1992: 193).

Este juego de ver formas en las rocas no es ocioso. La gente de las cuevas lo practica para establecer puntos de referencia. Lo interesante es que donde alguien ve una “torre de Pisa”, otro ve un “falo amenazante”. La sabiduría popular dice que cada quien ve lo que tiene en mente, yo sólo se les cuento lo que escucho.
Aproximadamente a las 3 de la tarde nos preparamos para entrar de nuevo a la gatera, ahora en el sentido inverso de la vez anterior. Cada quien se puso sus rodilleras, sus guantes y aseguró su mochila con la cuerda. Quizá por la conciencia de que íbamos hacia afuera, los primeros obstáculos, que antes fueron los últimos, me parecieron menos tortuosos; los pasamos con cierta facilidad. Es posible que la energía recuperada en el descanso permitiera avanzar con más ánimo aún en los conductos más estrechos. Reptar arrastrando la mochila y con el rostro casi pegado al suelo no es, de todas maneras, una situación que pueda hacerse con poco esfuerzo. Pronto retornó la sensación de calor y humedad.

Finalmente llegamos al tramo donde se podía “gatear normalmente”, pero fue allí donde las energías del grupo empezaron a escasear. Esto se notó porque los que íbamos adelante tuvimos que detenernos, en por lo menos tres ocasiones para esperar a los que se habían rezagado. Avanzar los 160 metros apoyándonos sobre las rodillas y las palmas de las manos, era una tortura inevitable. Alguien se sentía peor que yo, pues oí un conato de vómito en la oscuridad.

Cuando Mario declaraba un alto en el camino, nos acostábamos boca arriba para reposar. Mientras llegaban los que venían detrás, apagábamos las luces y conversábamos cualquier cosa, mientras se recuperaba el ritmo de la respiración. Entre otras cosas, alguien dijo que la fina y amarillenta arena del suelo ya estaba dentro de la ropa, en la parte de las rodillas. Nos estaba lastimando, como si nos estuviera lijando la piel. El dolor, cansancio y ardor ya están juntos ¡Cuidado! ¡No hay que pensar mucho en eso! Sigamos.

Una y otra vez más regresábamos a la lenta marcha cuadrúpeda, con las gruesas gotas de sudor sobre el rostro, con los brazos entumeciéndose y con las rodillas adoloridas. Empecé a sentir leves calambres en los muslos. Temí que el dolor aumentara, pero pensé que no tendría caso quejarse. Solo había que seguir estoicamente hacia adelante, como las otras veces que he sentido miedo. En los lapsos de avance casi nadie hablaba, como si la energía se reservara exclusivamente para las extremidades. Sólo se escuchaba el ruido desacompasado de las cada vez más pesadas mochilas y nuestros cuerpos que frotaban el suelo del inframundo.

Por fin, con las reservas de agua a punto de agotarse y después de casi dos horas llegamos al final de esta prueba nada común en nuestras experiencias. Cuando salí de la gatera me senté en una roca y miré el reloj. Eran las cinco en punto de la tarde. Estaba aturdido por el esfuerzo, pero la hora tan precisa me hizo recordar ciertas líneas del poema La Cogida y la Muerte obsequiada al mundo por García Lorca:

A las cinco de la tarde.
¡Ay, qué terribles cinco de la tarde!
¡Eran las cinco en todos los relojes!
¡Eran las cinco en sombra de la tarde! (1967: 151)

A medida que iban saliendo los compañeros de la gatera, se acomodaban en algún lugar tratando de recuperar el aliento. Estábamos todavía dentro de la cueva. Me quité las rodilleras pues sentía que me estaban cortando la circulación en las pantorrillas. De inmediato se desvaneció la amenaza de los calambres. Nos percatamos que nuestras ropas estaban totalmente cubiertas de ese polvo amarillento sobre el que habíamos transitado. Cada uno que salía lanzaba una expresión que era una mezcla de queja y de alivio por haber superado el principal obstáculo de Chocantes.

Un peligroso final

En breve recuperamos el buen ánimo y empezamos a prepararnos para la última parte del retorno que no estaría carente de emociones. Tomé lo último que me quedaba de agua y nos pusimos en marcha. Primero atravesamos la gran bóveda de los casi 100 metros cuyo piso tiene un leve desnivel. El ascenso no es muy brusco, pero en nuestras condiciones si lo resentíamos. En este momento advertí que había un factor a nuestro favor: debido a la cercanía de la entrada, el aire del ambiente era más fresco.

Seguimos hasta llegar hasta el tramo que parece un tubo con el piso inconsistente. Había que escalarlo cuidadosamente. Mario recordó que era necesario dividirnos en grupos de a tres y recordó que cada uno de estos grupos debía avanzar hasta un punto seguro y esperar quieto al siguiente para evitar el riesgo de que al mover las piedras pudieran éstas rodar sobre la superficie inclinada y probablemente lesionar a los de abajo. Afortunadamente habíamos recuperado mucha energía y la proximidad de la salida nos impulsaba con cierta prisa.

El avance se estaba realizando muy bien, pero cuando sólo faltaban unos 40 metros terminar, sucedió un incidente. Una compañera, la primera integrante del segundo grupo, que venía detrás de mí, ascendió de un conducto vertical y en vez de esperar inmóvil al siguiente compañero, como le estaba indicando, avanzó unos metros. Sin querer, movió un promontorio de rocas y una de ellas, aproximadamente de 6 kilos, rodó hacia abajo. Dada la pronunciada pendiente su velocidad se incrementó de inmediato. Se fue directo hacia el conducto inferior de donde ella había salido y donde estaban sus compañeros esperando su señal para avanzar.

De acuerdo con el orden que llevábamos, Bernard era el siguiente y por lo tanto, él estaba en peligro. Todo lo que pudo hacer la compañera fue lanzar un grito de advertencia. Oímos como se despeñó la piedra hasta el fondo del conducto. Nuestro compañero Bernard, espeleólogo de muchas horas de vuelo y además protegido por su casco, seguramente no fue tocado por la piedra. Preguntamos si todos estaban bien y gracias a la fortuna no sucedió algo peor.

Epílogo

La columna humana siguió avanzando. Uno a uno fuimos alcanzando la zona de penumbra y de allí emergíamos a la superficie de la tierra. Eran las 6 de la tarde cuando volvimos a ver la tibia luz del sol y el azul del cielo. El viento recorría el cerro, pasaba junto a nosotros y saludaba a la gigantesca caverna. Entonces recordé un texto del Ritual de los Bacabes que dice algo semejante:

Habréis de sospechar
que el viento
está en el centro de la flor
en el centro del cielo,
en el centro del inframundo,
en las cavernas del cielo,
en las cavernas de la tierra.
Por ello me puse en pie
para echar mano del viento,
que está en el centro de flor.
(Arzápalo; 1987: 314)

Conforme fuimos saliendo de la gran caverna, Mario nos felicitaba con un fuerte abrazo por haber superado las dificultades de esta aventura que duró 8 horas y media. La satisfacción del final se hacía evidente en el intercambio de sonrisas y en la sensación de fraternidad que nos unió en ese momento.

Salimos de la rehollada y caminamos hasta el vehículo. Mientras bajábamos el cerro contemplaba el sol que acariciaba la línea del horizonte. No me hartaba de mirar los cerros y pensar sobre lo que había en su interior. Un estado de bienestar me embargó totalmente porque ahora puedo decir que la gran caverna Chocantes está no sólo entre las metas cumplidas y en mi bitácora personal, sino que también es parte de las mejores experiencias de mi vida.

Bibliografía
Arzápalo Marín, Ramón
1987 El Ritual de los Bacabes. México. Universidad Nacional Autónoma de México.
Castellanos, Rosario
1992 Oficio de Tinieblas. México. Ed. Joaquín Mortiz.
Delgado Marías, Luis
1995 “Por la senda del mayab”. Mérida. Edición facsimilar.
García Lorca, Federico
1967 El Romancero Gitano. México. Editorial Época.
Mistral, Gabriela
1988 Lectura para mujeres. México. Porrúa.
Ruggieri, Saro
1992 “Geomorfología cársica di alcune cavità dello Yucatán”. En Speleogía Iblea, Revista di Speleología e Ambiente del Grupo Grotte Ragusa C.I.R.S. – S.S.I. Anno III – N. 3 Dicembre. Ragusa. Pp. 73-85
Souza Novelo, Narciso
1970 Leyendas Mayas. Mérida. Distribuidora de Libros Yucatecos.  Volumen No. 1. Zapata Peraza, Renée Lorelei; Antonio Benavides Castillo y Agustín Peña Castillo.
1991 “La gruta de Xtancumbilxunaan, Campeche”. México. Instituto Nacional de Antropología e Historia.

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